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Los restaurantes pop-ups, la nueva experiencia gastronómica

Los restaurantes pop-ups son, sin duda, una experiencia distinta y divertida, desenfada y recurrente. El picante que a veces se echa en falta en algunos restaurantes. Porque no nos engañemos, cada día más se desea que el acto de comer derive en una experiencia gastronómica. Ya no es suficiente ingerir comida más o menos elaborada en tal o cual restaurante del barrio, de moda o de prestigio. El acto de comer debe acompañarse de alguna circunstancia o acontecimiento que lo convierta en una experiencia gastronómica. Y esa circunstancia o acontecimiento es lo buscado, lo que deja huella, recuerdo en la memoria. Así nació el “clandestine, o, underground dining”. Bajo esta abstracta expresión se engloba, incluso diferencian, tres formas distintas y especiales de vivir una comida. Por un lado están los restaurantes clandestinos, también llamados “supper clubs”, que son restaurantes al cien por cien pero de acceso restringido. Por otro lado están los restaurantes en casas particulares, conocidos en Latinoamérica como restaurantes a puerta cerrada, donde cocinan los propietarios o cocineros profesionales en un entorno doméstico. Y, finalmente, los restaurantes pop-ups.

 

De estas tres modalidades de aventura gastronómica “underground”, o sea, alejada de los circuitos comerciales, es la de los restaurantes pop-ups la más desconocida, la más innovadora.

¿En qué consisten o qué son? Literalmente son restaurantes emergentes o, según la periodista Marta Fernández Guadaño, restaurantes de quita y pon.  Aunque algunos puedan mantenerse en activo varios días, en general se montan para ofrecer un único servicio. Es una obra en un solo acto, en un escenario único, elegido y acondicionado para la ocasión, un escenario peculiar, insospechado. Luego, al bajarse el telón, todo desaparece, se volatiliza. Cualquier lugar es posible. Fábricas abandonadas, garajes, galerías de arte, viñedos, subterráneos, áticos… el único límite es la imaginación.

 

Los organizadores de estos eventos, por lo general empresas, buscan, además de ofrecer una comida de alta calidad, cautivar y atraer mediante la incertidumbre y la intriga. Y el público, ávido de sorpresas, de experiencias gastronómicas distintas, responde con entusiasmo. La información es mínima, a veces solo se sabe el nombre del cocinero. Es esa una referencia importante pues da prestigio al evento y actúa como reclamo. A partir de aquí la puesta en escena varía dependiendo del organizador aunque se dan algunas pautas comunes.

 

Suelen ser plazas muy limitadas, normalmente un máximo de 20 personas en función de los espacios elegidos, y precios medio altos. Solo hay una o dos mesas que se compartirán con los otros participantes, desconocidos la mayoría. Algunas convocatorias tienen carácter privado otras están abiertas al público previa reserva.  Los invitados reciben las directrices a seguir mediante el correo, los móviles o las redes sociales. Son mínimas, quizá un enigma a resolver, la hora o alguna pista para llegar al punto de encuentro, que normalmente estará alejado del destino final. Un destino que no se descubrirá hasta el último instante igual que el menú, ignorado por todos. Misterio, exclusividad, clandestinidad y socialización acompañan a la comida que, con mucho esmero, ha preparado el cocinero elegido. Un cocinero que ha abandonado momentáneamente su cocina, incluso su ciudad, para participar en esta divertida aventura en comedores efímeros.

 

El carácter exclusivo y el escaso número, aún, de estos eventos dificultan la participación para el gran público. Pero quien lo vive desea repetir. Sin duda esta experiencia gastronómica de los restaurantes pop-up hace las delicias de foodies y gastrónomos siempre ávidos de sensaciones nuevas. Poco a poco aparecen en las ciudades más importantes, poco a poco dejarán de ser una novedad para convertirse en una tendencia.

 

Voz Gourmand by Jaime Vidal

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