Ostras Daniel Sorlut

Las ostras y yo

Yo nunca había sentido atracción por las ostras. Ni poca ni mucha. Simplemente las ignoraba. Su aspecto, esa pequeña masa viva, algo viscosa y algo líquida, de un color grisáceo casi negro, me mantenía alejado de ellas. Sin embargo recuerdo con claridad a mi tío Agustín que al ver una ostra entraba en éxtasis. Para él nada era mejor que una ostra. Yo no entendía esa pasión. Mientras él se las comía yo miraba. Jamás se me ocurrió probarlas.

Parte del expositor en el mercat de l’Olivar

Pasaron los años y mi relación con ellas no mejoró hasta que un buen día tuve que entrevistar a Toni Torrens. Toni tenía en exclusividad, y tiene, la distribución en España de las ostras Daniel Sorlut, una prestigiosa marca francesa considerada por muchos como una de las mejores del mundo. No hacía mucho tiempo que había abierto un puesto de ostras de esta marca en el mercado de San Miguel, en Madrid, y había sido todo un éxito. Ahora pretendía hacer lo mismo en Palma, en la pescadería del mercado del Olivar, en el puesto que habían explotado sus padres durante toda una vida. Y hacia allí me dirigí.

Mercat Olivar

Números distintos de Daniel Sorlut

Recuerdo como a media entrevista Toni me preguntó si me gustaban las ostras. Aún no sé por qué respondí que sí y creo que nunca lo sabré, pero lo hice. ¿Te gustan mucho? Insistió. Me gustan, volví a afirmar, incapaz de negarle. Y él en un acto de generosidad extraordinario le pidió al encargado que preparase una bandeja con varias tallas de cada variedad de ostra Daniel Sorlut.

Champagne Laurent Perrier

Champagne y ostras, is enough!

Trajeron una bandeja con más de ocho ostras. Pensé morir. Sin atreverme a decir que no me gustaban cogí la primera, la que Toni me indicó, pues la cata debía ir de menor a mayor intensidad en sabor. Cerré los ojos y la tragué. Sin masticar. La engullí. A los pocos segundos un agradable sabor se apoderó de mi boca. Un sabor redondo, compacto, con mucha presencia a avellana, a mar, incluso a algas, algo sutil y delicioso. Miré a Toni asombrado. Incrédulo. Cogí la segunda mientras oía como decía que las ostras francesas tienen muchos más matices que las gallegas. Esta vez no la engullí sino que la saboreé. Despacio, con todos los sentidos, con fruición. Una a una las ostras desaparecieron de la bandeja. Estaba extasiado y me acordé de mi tío Agustín.

Desde entonces han pasado seis años y no he vuelto a desperdiciar ninguna otra oportunidad de degustar este maravilloso molusco.

Voz Gourmand by Jaime Vidal

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